Llevo meses evitando sonreír en las fotos. Es un gesto inconsciente, un mecanismo de defensa automático: labio superior rígido, boca cerrada, media mueca. Vivir en Santiago de Compostela, una ciudad donde la piedra se restaura y se cuida con mimo milenario, hace que mi propia negligencia se sienta aún más pesada. Camino por la Rúa do Vilar y veo cómo limpian los líquenes de las fachadas, cómo apuntalan las estructuras antiguas, y pienso: ya es hora de que yo haga lo mismo con mi propia estructura. Necesito implantes dentales en Santiago de Compostela.
No es solo estética, aunque mentiría si dijera que la vanidad no juega su papel. Es la funcionalidad. Es el miedo a morder una manzana o la incomodidad de notar ese hueco que mi lengua no deja de explorar, como si buscara un fantasma. He pospuesto la decisión por miedo al dolor, por el coste y, sobre todo, por esa pereza paralizante de quien no quiere admitir que su cuerpo necesita reparaciones serias.
Pero Santiago tiene algo. Es una ciudad de médicos, de universidad, de conocimiento. Aquí la medicina tiene una tradición casi tan antigua como el Camino. Así que ayer, bajo un aguacero típico que vaciaba las calles de turistas y dejaba el empedrado brillante como un espejo negro, entré en una clínica dental cerca del Ensanche.
El contraste fue brutal. Fuera, la piedra gris y la humedad; dentro, el blanco impoluto, la luz aséptica y pantallas de alta definición. Me senté en el sillón y, mientras el doctor examinaba mi radiografía panorámica en la pantalla, sentí una extraña mezcla de vulnerabilidad y esperanza.
—El hueso está bien —me dijo, señalando una mancha gris en el monitor—. Tenemos buenos cimientos.
Me explicó el proceso con una calma que agradecí. Me habló de tornillos de titanio, de osteointegración, de tiempos de espera. Curiosamente, me recordó a cómo hablan los arquitectos que restauran la Catedral. No se trata de poner un parche rápido; se trata de construir algo que dure. Me explicó que el implante no es un cuerpo extraño, sino que llega a fusionarse con el organismo, a formar parte de mí.
Salí de la consulta con el presupuesto en la mano y la cita para la cirugía programada. Caminé hacia el Obradoiro, sintiendo la lluvia en la cara. Me di cuenta de que el proceso será largo. Habrá días de molestias, de dieta blanda, de esperar a que el titanio y el hueso se hagan amigos. Pero la perspectiva de volver a comer una empanada sin miedo, de reír a carcajadas en una cena con amigos o simplemente de mirarme al espejo y reconocerme al completo, hace que valga la pena.
En una ciudad donde miles de peregrinos llegan buscando curar el alma o cumplir promesas, yo he empezado mi propia pequeña peregrinación. Mi meta no es el Sepulcro del Apóstol, sino recuperar la seguridad de mi propia boca. Y mientras miro las torres de la Catedral, pienso que si estas piedras llevan siglos aguantando, yo puedo aguantar unos meses para volver a estar entero.