La imagen es hipnótica: un cielo limpio que parece caer sobre la arena blanca, el susurro del Atlántico marcando el tempo y, entre ambos, un campamento que respira calma. Ese cuadro idílico existe, pero no se improvisa. En las Cíes, la emoción y la protección del entorno van de la mano, y quienes quieren pasar la noche entre faros y constelaciones deben comprender que el privilegio de quedarse requiere método, previsión y una pizca de disciplina. No es burocracia caprichosa: es la manera en que un parque nacional mantiene su esencia salvaje a dos pasos de la civilización.
El primer mandamiento, aunque los peregrinos del saco de dormir ya lo sepan, es simple: sólo se puede pernoctar en el camping autorizado. Nada de plantar la tienda en una cala escondida, ni de hacerse el náufrago romántico bajo un pino. El archipiélago forma parte del Parque Nacional Marítimo-Terrestre das Illas Atlánticas de Galicia y la acampada libre está terminantemente prohibida. Las plazas son limitadas y vuelan cuando llega el buen tiempo; reservar con antelación es menos un consejo y más un salvavidas para evitar el clásico “lo dejamos para mañana” que termina convertido en “nos quedamos en tierra”. La reserva no es una cortesía, es la clave que abre la puerta de la isla al caer la tarde.
La otra cara del control de aforos es la autorización de acceso. En temporada alta no basta con un billete de barco y la mejor actitud; hay que tramitar la entrada previa y llevarla encima, en el móvil o impresa, como si fuera el pasaporte a un pequeño planeta azul verdoso. Quien se queda a acampar islas cies suele gestionarlo a través del propio camping, pero confirmarlo antes evita carreras de última hora. Las navieras colaboran, aunque no está de más revisar horarios de ida y vuelta con lupa, porque el último barco no perdona retrasos soñadores y las mareas del Atlántico tampoco.
Hay palabras que en estas islas tienen otra gravedad específica: fuego, basura y ruido. Encender hogueras está prohibido en cualquier punto del parque y el uso de hornillos o cocinas se rige por normas estrictas que, en muchos casos, limitan la combustión al ámbito controlado del propio camping. El restaurante y los servicios existen por algo, y es mejor un café templado que un susto con el viento. La gestión de residuos es tan sencilla como innegociable: todo lo que entra, sale. Hay puntos de recogida y señalética suficiente, pero el mejor contenedor sigue siendo una mochila con doble bolsa y sentido común. Y sobre el silencio: que el mar grite si quiere; nosotros, no. La música alta, las voces a deshoras y las linternas tipo estadio son una falta de respeto al descanso de los demás y, sobre todo, a la fauna que aquí tiene prioridad.
Hablando de fauna, conviene saber que las gaviotas no son figurantes, son protagonistas con carnet de residentes. Si ven un bocadillo sin vigilancia, lo consideran un homenaje gastronómico. Guardar la comida en bolsas cerradas, evitar dejar restos en la tienda y no alimentar animales es más que higiene: es evitar que comportamientos curiosos se conviertan en costumbres dañinas. En época de cría hay áreas sensibles señalizadas; cruzarlas no te acerca a la foto perfecta, te aleja de la responsabilidad que exige un entorno de alto valor ecológico. Los caminos están marcados por una razón y salirse de ellos erosiona suelos, molesta a las aves y, de paso, puede convertir un paseo en una torcedura.
El agua y la energía son bienes finitos en una isla, y se nota. Duchas con tiempo limitado, grifos medidos y una logística delicada invitan a cambiar de chip. Una botella reutilizable, rellenada en los puntos habilitados, pesa menos que una colección de plásticos. Los jabones “biodegradables” no lo son tanto si terminan en un arroyo que no está preparado para ello. A la noche, mejor frontal con luz roja que faro de coche: verás las estrellas sin deslumbrar al vecino ni desafiar al firmamento con lúmenes innecesarios.
Uno llega por el cielo y se queda por el suelo. Las sendas hacia los miradores y faros son una delicia si se recorren con calma y botas decentes. No subestimes la meteorología: el mismo viento que despeja nubes levanta arena, y el sol gallego, cuando decide aparecer, te abraza con entusiasmo. Protector, gorra, una capa para el frío nocturno y, sí, algo para la humedad que llega como invitada tardía. Las madrugadas, con el coro de gaviotas en 5.1, justifican unos tapones discretos para quienes aman dormir como troncos.
La logística parece de relojero y, sin embargo, regala libertad. Una vez instalados, las horas se dilatan entre baños en Rodas, paseos por Monte Faro y esa tradición no escrita de esperar a que el cielo se quede solo con los puntos de luz. Las Cíes no compiten con un observatorio profesional, pero la ausencia de contaminación lumínica ofrece oportunidades magníficas para detectores de Perseidas, Saturno juguetón y Vía Láctea coqueta. La fotografía nocturna tiene su etiqueta: trípode silencioso, pantalla del móvil al mínimo, nada de flashes que conviertan la duna en discoteca y, si compartes el mirador, un “¿te molesta si me coloco aquí?” funciona mejor que cualquier filtro.
Hay prohibiciones que conviene tatuarse, aunque sea en la memoria. No se permiten drones, por ruido, por seguridad aérea y por respeto a las aves. Pescar sin permiso es receta para una sanción, igual que recolectar conchas, arrancar plantas o llevarse un “souvenir” de roca. Los animales de compañía, por tentador que resulte la foto del perro con el faro al fondo, no están autorizados, salvo excepciones muy tasadas. La vigilancia existe y los agentes suelen combinar didáctica y firmeza; nadie vino a fastidiar una escapada, pero la ley está para algo más que adornar paneles.
Si todo suena estricto es porque el premio lo merece. La ecuación es sencilla: cuanto más frágil el ecosistema, más inteligentes deben ser nuestras huellas. Planificar con tiempo, reservar con antelación, leer las normas del parque y del camping, viajar ligero, consumir local en los servicios disponibles, minimizar residuos y respetar silencios convierte una noche de tienda en una pequeña lección de ciudadanía ambiental con vistas. Hay viajes que se cuentan por kilómetros y otros por gestos; este pertenece a los segundos, y tiene la ventaja de que, cuando apagas la linterna, el cielo hace el resto con una naturalidad que ninguna ciudad puede replicar.