Mi búsqueda del plato de madera en A Estrada

Hay verdades universales en la gastronomía gallega que uno no debe jamás cuestionar. Una de ellas, quizás la más sagrada, es que el pulpo á feira no puede servirse en un plato de cerámica o cristal. Durante años me esforcé en perfeccionar la técnica en mi cocina: asustar al cefalópodo tres veces en el agua hirviendo, lograr esa textura que cede al diente pero mantiene su firmeza, y aliñarlo con el equilibrio exacto de sal gruesa, buen aceite de oliva y pimentón. Sin embargo, al emplatarlo, siempre sentía que a mi obra le faltaba el alma. El aceite resbalaba frío sobre la loza y el calor se disipaba en cuestión de segundos. Necesitaba platos de madera auténticos.

Esta pequeña obsesión culinaria me llevó a coger el coche una mañana nublada con un destino claro trazado en el mapa: A Estrada. Si hay un lugar en Galicia donde la madera no es solo un material, sino una herencia cultural, es allí. Conocida por su profunda tradición ebanista y maderera, sabía que entre sus talleres encontraría exactamente lo que estaba buscando. Me negaba a comprar piezas fabricadas en serie, barnizadas con productos químicos y envueltas en plástico; yo quería la pieza rústica, el olor a aserradero y la huella de un oficio ancestral.

Al llegar a las afueras de la villa, el aroma húmedo y dulzón del pino me guió hasta el pequeño taller de un torneiro tradicional. El sonido rítmico del torno girando me dio la bienvenida. El interior era un auténtico santuario de virutas y polvo dorado flotando a contraluz. Y allí estaban, apilados en columnas irregulares sobre las mesas de trabajo: decenas de platos de madera redondos, desnudos y perfectos, esperando su bautismo de fuego y pimentón.

El artesano me invitó a sopesarlos. Al pasar los dedos por la superficie sin tratar, sentí esa textura porosa, cálida y ligeramente cóncava, diseñada con la curvatura exacta para contener el oro líquido del aceite sin que se derrame. Me explicó con voz pausada que la madera de pino del país es ideal; absorbe la humedad justa y, con el uso, va creando una pátina natural que sella el plato y potencia el sabor de cada nueva ración. Elegí cuatro platos medianos, ideales para compartir en la mesa, y uno grande, ancho y majestuoso, reservado para las celebraciones importantes.

Antes de pagar, el maderero me entregó la instrucción más valiosa: «Lávalos solo con agua caliente y frótalos bien con aceite de oliva antes de usarlos por primera vez».

Regresé a casa con mis pequeños tesoros acomodados en el coche. Esa misma noche cociné pulpo. Al posar las rodajas blancas y humeantes sobre el plato madera pulpo A Estrada, y al ver cómo el aceite teñido de rojo se abrazaba a las vetas del plato, supe que mi búsqueda había valido la pena. El primer bocado confirmó lo que la tradición siempre ha dictado: en Galicia, la madera no es solo un recipiente, es el ingrediente invisible que convierte una buena comida en un ritual inolvidable.